El trato con los demás


Lectura Bíblica: Santiago 4:11

El tema de hoy está basado en un capítulo del libro Ministerio de Curación con el mismo título: “El trato con los demás”. Ya que la iglesia en sí no es un edificio, sino un colectivo de personas, es decir nosotros, es lógico que de vez en cuando surjan roces entre hermanos. El que diga lógico no quiere decir que esté justificado. El hecho de convivir con personas requiere el ejercicio del dominio propio. También es necesario desarrollar la tolerancia y la simpatía. Cuando digo simpatía no me refiero a “sonreír” simplemente. La auténtica simpatía significa identificarse con los sentimientos y/o situaciones que vive o experimenta el que tengo a mi lado. Esto no siempre resulta fácil, por el mero hecho de ser personas diferentes. No todos tenemos la misma disposición para hacer las mismas cosas. También tenemos hábitos distintos, y probablemente ambos sean legítimos. Por otro lado todos no hemos recibido la misma educación ni en las mismas circunstancias. Los hábitos, la educación, la disposición, los gustos, los intereses personales difieren entre una persona y otra. Esto hace que tengamos una perspectiva distinta de la realidad, que juzguemos los asuntos desde ópticas diferentes. Tenemos conceptos distintos de cómo hay que comportarse en la vida. En definitiva, nunca jamás encontraremos dos personas que tengan un concepto exacto de la vida en todo aspecto. Ni tampoco hallaremos dos personas que hayan tenido experiencias idénticas en todo momento.

Las pruebas que uno puede soportar con cierta facilidad pueden ser horribles para otro, y en cualquier caso, nunca serán las mismas pruebas. Los deberes que a uno le parecen fáciles de realizar, para otro puede suponer una gran dificultad, incluso llegar a la perplejidad. El ejercicio de la comprensión con los demás no resulta fácil. Por otro lado, tampoco cabe excusarse alegremente en este pensamiento, si hacemos caso a Pablo según lo que escribió en 1 Corintios 10:13: “No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla”. Si viene una prueba, una situación, debemos tener la tranquilidad de saber que Dios no lo habría permitido si no estuviésemos en condiciones de poder soportarla. Además debemos tener la seguridad de que Dios proveerá la salida para tal prueba.

LA CONDICIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA.

Esto se debe aplicar a uno mismo. Nuestra propia naturaleza es tan frágil, somos tan ignorantes respecto las circunstancias de los demás, y tenemos tal propensión (involuntaria, claro está) a equivocarnos, que cada cual, yo el primero, debe ser prudente a la hora de valorar al prójimo. A la hora de valorar sus actos, sus motivos, sus circunstancias, etc.

Conocí la historia de dos personas que iban caminando por el campo. Se desplazaban de una población a otra. Era avanzado el verano, la época de la siega. A lo lejos vieron algo curioso. Atisbaron en medio de las espigas maduras a un hombre que estaba segando. La cabeza apenas sobresalía de las espigas, pero efectivamente estaba segando. Ambos caminantes comenzaron a criticar la actitud de este labriego: “¡Fíjate! ¡El colmo de la vagancia! ¡Está segando sentado! Así va a tardar siglos en segar el campo.” Entre una frase y otra del mismo calibre, poco a poco fueron llegando a la altura donde estaba este segador tan peculiar. Lógicamente, para no ser oídos por el sujeto criticado, fueron acallando sus voces conforme se acercaban. ¡Cuál fue su sorpresa y su vergüenza, cuando descubrieron que aquel supuesto vago campesino, estaba sentado sencillamente porque le faltaban ambas piernas! Y aún así, cumplía su deber en sus circunstancias. Aquellos dos caminantes aprendieron una buena lección.

Lo que nosotros hacemos o decimos puede parecernos de poca importancia, un comentario aquí o allá. Dice la pluma inspirada: “Si pudiésemos abrir los ojos, veríamos que de ello dependen importantísimos resultados para el bien o el mal”.1

MIRANDO POR QUIENES LLEVAN CARGAS.

Puede suceder, y sucede con frecuencia, que hemos llevado tan pocas cargas respecto los demás, la iglesia, etc. y sucede también que a veces nuestro corazón ha experimentado tan poca angustia verdadera y poca preocupación por el prójimo, que no podemos comprender lo que es llevar “cargas”. A mí personalmente me ha sucedido, y entiendo aún me sucede. No tenía ni idea de lo que era ser padre hasta que lo he sido. No tenía ni idea de lo que es ser pastor, hasta que lo he empezado a ser, y soy consciente de que apenas he comenzado a vislumbrar la verdadera responsabilidad que supone el ministerio. Antes me preguntaba qué hacían los pastores entre semana, ahora me pregunto ¿de dónde sacan el tiempo?

A veces no somos más capaces, y yo el primero, de comprender a quien lleva cargas (que a menudo ignoramos) de lo que un niño puede comprender lo que son las cargas del padre de familia. El niño pregunta: “¿Y por qué tienes que ir a trabajar? ¡Quédate conmigo a jugar!” A los niños les es extraño los temores y las preocupaciones de los padres, no las entienden. Es más, con lo bien que se lo pasa uno jugando, ¡qué tontería preocuparse así! Pero cuando pasan los años, empiezan poco a poco a llevar su propia carga. Entonces se empieza a comprender lo que hicieron los padres por nosotros, lo que hicieron por nosotros los que nos precedieron en la fe. Sólo con la experiencia propia, con el “mojarse” en los platos, se puede y se sabe comprender a los demás.

Por desgracia, pocos son los pintores cuyas obras se cotizan mientras están vivos. Por lo general, los cuadros de los pintores suelen revalorizarse después de haber muerto. De igual manera, con frecuencia no solemos valorar la labor de otras personas hasta que no están entre nosotros para seguir desempeñando su función. Es en ese momento, cuando hay que buscar un sustituto del tesorero, del anciano, del diácono, del cabeza de familia, etc. cuando uno se da cuenta del valor del trabajo que realizó el anterior. Sólo la persona que le sustituye comprende las dificultades que el anterior responsable arrostró. En ese momento nos toca pasar por la escuela de la vida, aprendiendo a base de errores, cuando podríamos haber aprendido al lado del que tiene experiencia, mientras aún podía desempeñar su función.

JÓVENES: Tarde o temprano tendréis que tomar vosotros responsabilidades en la iglesia, en el hogar, en la sociedad. Sé que lo sabéis, y también sé que eso os parece “lejano en el futuro”. Cuanto más tardéis en interesaros por estos asuntos, más duro será el momento de tomar responsabilidades.

Cuando nos toca ponernos las sandalias de otro, entonces veremos cuánto daño le hacían o si le apretaban o no. Entonces empezaremos a comprender muchos asuntos que antes criticábamos incluso alegremente. Dice la pluma inspirada: “Dios permite que los hombres ocupen puestos de responsabilidad. Cuando se equivocan, tiene poder parar corregirlos o para deponerlos. Cuidémonos de no juzgar, porque es obra que pertenece a Dios”.2

EL EJEMPLO DE DAVID. 

El rey David nos dejó ejemplo de cómo actuar en ciertos casos. Y probablemente nunca nos toque a muchos de nosotros enfrentar una situación tan grave como la que David tuvo que hacer frente. Conocemos la historia de Saúl. Saúl fue ungido rey sobre Israel por mandato divino, eso sí, escogió el rey “según el corazón del pueblo”.3 Saúl era muy alto, sobresalía de hombros para arriba del resto del pueblo.4 Era, según los cánones humanos, un candidato para ser rey. Ya conocéis la desobediencia de Saúl, y la consecuencia de la misma: el reino le sería quitado. David fue ungido nuevo rey por Samuel, estando aún vivo Saúl. David sabía que él sería el nuevo rey, de acuerdo a la voluntad divina. No obstante, David trató de forma cariñosa, cortés y prudente al rey Saúl. Cuando Saúl trató de quitarle la vida, David tenía excusa perfecta para dar un golpe de estado, y con el “respaldo divino” ocupar el trono. David no actuó así, es más, cuando David y sus hombres estaban escondidos en una cueva, Saúl entró en esa misma cueva para “aliviarse”. Los hombres de David citaron un texto: “Entrego tu enemigo en tus manos, y harás con él como te pareciere”. La cuestión es cómo interpretaron ellos ese “te pareciere”. David efectivamente actuó como le pareció, y les dijo en 1 Samuel 24:6 “Dios me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Dios. ¡No levantaré mi mano contra él, porque es el ungido del Señor!” David dejó todo juicio a Dios. Jesús mismo nos dijo en Mateo 7:1 y 2 “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir”.

EL JUICIO.

¿Qué sucedió el 22 de Octubre de 1844? Comenzó el juicio investigador según la profecía de Daniel 9. En ese juicio se está revisando los casos de todos aquellos profesos seguidores de Cristo. No sabemos cuándo pasará nuestro caso a juicio. Debemos recordar lo que nos dice Pablo en Romanos 2:1 “Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas”.

Dice la mensajera del Señor: “No nos conviene dejarnos llevar del enojo con motivo de algún agravio real o supuesto que se nos haya hecho. El enemigo a quien más hemos de temer es el yo”.5

Nosotros somos nuestro peor enemigo. Probablemente no tengamos “vicios” que sean mal vistos por los demás, somos “adventistas” y además muy sanos. Pero no debemos olvidar que nosotros mismos, si permitimos dar rienda suelta a los chismes, los cotilleos, las críticas entre nosotros acerca de terceras personas (el hermano tal o el vecino cual, o el pastor de más allá fíjate lo que hace o de lo que me he enterado), hacer eso es aún peor para nuestro carácter que cualquier otro vicio que se pueda tener. Como dice la pluma inspirada en la misma página: “Ninguna victoria que podamos ganar es tan preciosa como la victoria sobre nosotros mismos”. Hermanos, sería bueno repasar de vez en cuando, y poner en práctica el consejo dado por nuestro Señor en Mateo 18, de lo cual quizá hablemos en profundidad en otro momento. Pero sin duda alguna, si acudimos a hablar claramente con alguien que nos ha ofendido (o al menos eso entendemos) y solucionar directamente el mal entendido sin intermediarios, ganaremos tiempo y salud. Y probablemente nos ayude a comprender asuntos que antes ignorábamos. Hacer esto en nuestras vidas, nos ayudará a ser útiles a los demás, y a poco a poco, ser más idóneos para la obra del Señor en cualquier área que nos toque servir.

CONCLUSIÓN.

Es mi oración que nuestro Dios nos ayude a vivir de acuerdo con su Palabra, y que de esta manera podamos ayudarnos unos a otros en vez de, sin querer, ponernos pequeñas piedras en el camino. Hagamos caso al apóstol Santiago (4:11) “Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de su hermano o juzga a su hermano habla mal de la ley y juzga a la ley. Y si tú juzgas a la ley, entonces no eres hacedor de la ley, sino juez”. ¿Quién soy yo para ponerme como juez siendo que Dios dio todo juicio al Hijo (Juan 5:22)?

1 Ministerio Curación Pág. 384.
2 MC Pág. 385.
3 De David se dice fue elegido según el corazón de Dios (1 Samuel 13:14) contrastando con la elección de Saúl.
4 Véase 1 Samuel 9.
5 MC Pág. 386.

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MIS PLANES Y LOS DE DIOS


Lectura Bíblica: Hebreos 11:8

INTRODUCCIÓN.

Todos queremos encontrarle sentido a la vida, y no me refiero a qué será de nosotros, pues ya conocemos el regalo de Dios. Me refiero a qué vamos a hacer o qué estamos haciendo con nuestra vida aquí y ahora. Trazamos planes, tenemos éxitos y fracasos. Muchas veces, a pesar de ser creyentes nos sentimos desanimados y desganados con la vida que llevamos. ¿Por qué sucede esto? Hoy precisamente vamos a tratar de profundizar en el por qué de este asunto. Vamos a tratar la causa del éxito o el fracaso de los planes que nos proponemos para nuestra vida. Intentaremos ver por qué Dios permite o no ciertas cosas, o si realmente Dios es el responsable de todo lo que nos sucede, sea bueno o malo. Por supuesto que hay temores en la vida, temor a fracasar, temor a muchas cosas, y veremos qué hacer con esos temores. Cristo nos dejó un ejemplo muy gráfico, especialmente en el trato con sus discípulos. Llegaremos a la verdadera causa de la perplejidad que nos sobreviene y encontraremos la solución para la misma. Os invito a ir tomando nota de los textos que se vayan mencionando, son parte del “antídoto” para este tratamiento, y deberíamos releerlos de vez en cuando, para recordar quiénes somos y para qué estamos aquí.

I. PLANES PARA EL FUTURO.

A. INCAPACIDAD DEL SER HUMANO.

Demasiado a menudo, aunque nos cuesta, nos descubrimos incapaces de hacer planes definidos para el futuro. Algunos somos genios en planificar la vida, para luego descubrir que el transcurso del tiempo lo cambia casi todo. Es en esas ocasiones en las que nos puede sobrevenir angustia, nos dan “ataques de ansiedad”, sentimos inquietud. ¿Qué sucederá si pasa esto? ¿Qué pasará si hago lo otro? ¿Qué puede acontecer si no dejo esto?
Debemos recordar que todo aquél que quiera seguir a Dios, aunque viva toda su vida en un mismo lugar, una misma casa (que no siempre es así), debe llevar una vida de peregrino. Estamos de paso en este mundo. El ser humano no tiene sabiduría para planear su vida, ni la de los demás. Si esto no fuese así, entonces el mundo iría mucho mejor de lo que va. Hebreos 11:8 nos da un claro ejemplo de qué es la vida de un sincero creyente: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que tenía que recibir como heredad; y salió sin saber dónde iba”. Simplemente tenía un llamado de Dios, y lo siguió sin vacilar.

B. PADECER POR CRISTO, UN PRIVILEGIO.

Entre los temores que podemos tener a la hora de seguir la voluntad de Dios, está el de “sufrir por Cristo”. Hay quienes piensan, “si sigo la voluntad de Dios tal cual la estoy conociendo en la Biblia, tendré que dejar de trabajar en Sábado, o tendré que dejar de llevar una vida que no está de acuerdo con la ley de Dios”. Entonces sobrevienen las preocupaciones, qué sucederá con nosotros, con nuestro futuro, si perdemos el empleo, si dejamos a tal o cual persona (porque no estoy casado con ella, pero “la necesito”).
Nos sobrevienen la duda y el temor. Pero si lo hacemos por causa de Cristo, no hay que temer. Jesús mismo dijo: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros” (Mateo 5:10―12). Nuestra persecución de momento no tiene por qué ser de esta índole, pero sí que puede ser el “tomar nuestra cruz y seguir a Cristo”. Ni Enoc que fue llevado al cielo sin ver la muerte, ni el profeta Elías que subió al cielo en un carro de fuego y tampoco vio la muerte, fueron más grandes que Juan el Bautista, quien murió decapitado en un calabozo de Jerusalén. Es un privilegio padecer por Cristo, no se trata de que busquemos el sufrimiento ni la compasión de los demás, recordemos que somos salvos por la fe, no por obras. Pero el mismo apóstol Pablo nos dice en Filipenses 1:29: “Porque se os ha concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en él, sino también el de sufrir por su causa”.

C. EJEMPLO DE CRISTO.

Y es el mismo Cristo quien tiene autoridad moral para pedirnos que le sigamos y no hacer “planes”. Cristo mismo en su vida en esta tierra no trazó planes personales. Aceptó los que el Padre le presentaba cada día. Cristo sabía, gracias al estudio de las profecías cuándo iba a llegar su hora. De hecho le dijo a su propia madre en Juan 2:4 “¿Qué tienes conmigo mujer? Aún no ha llegado mi hora”. Jesús conocía el Plan que había ya trazado para su vida. De igual modo, nosotros deberíamos ver en la Biblia el Plan que Dios tiene trazado para cada uno de nosotros, y comenzar a caminarlo sin miedo. Otros deberíamos simplemente reanudar la marcha que emprendimos en otro tiempo. Nuestra vida debería ser el sencillo desarrollo de la voluntad de Dios, el resto de “planes” que también son necesarios, son simplemente “detalles” del gran plan divino. Una cosa es segura, y lo sé por experiencia, en la medida en que le encomendemos nuestros caminos, Dios irá dirigiendo nuestros pasos. El sabio nos dice en Proverbios 4:25―27 “Miren tus ojos hacia adelante, y fíjese tu mirada en lo que está frente a ti. Fíjate en el sendero de tus pies, y todos tus caminos serán establecidos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal”.

II. DEJARNOS GUIAR POR DIOS.

A. MIS PLANES, SUS PLANES.

De todos modos, alguien podría decirme que hay que continuar planificando, porque no vamos a vivir “a la buena ventura” y tengo que darle la razón a quien diga tal cosa. Pero en el fondo debemos reconocer que tenemos temor de confiarnos plenamente a Dios. Le queremos ceder las riendas de nuestra vida, pero sin dejar de soltarlas nosotros mismos. Sólo tenemos dos opciones, o las tomamos nosotros plenamente, con sus consecuencias, o se las cedemos a Dios de forma completa. Sólo así encontraremos paz de espíritu. Cuando se confía en Dios plenamente es cuando las preocupaciones pasan a un segundo plano, no hay congoja ante los problemas. Buscamos la solución que Dios nos propone, más que buscar nosotros mismos la solución.
En otras ocasiones la cuestión está en que nos hemos acostumbrado a vivir según lo marca la sociedad donde estamos. Un coche así, una casa tal, muebles cuales, ropa de marca X, moda, etc.
A menudo encontramos personas que están “cansados de la vida”. Están entrando en un estado depresivo. Les corroe el no tener el televisor más grande que el del vecino, o la preocupación por mantener ese estatus alcanzado. La preocupación constante consume las fuerzas, no se recupera con el descanso del sueño. Dios quiere que dejemos ese yugo tan pesado que nos hemos ido imponiendo poco a poco. Jesús nos dice: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28―30).
Jesús ve el final desde el principio, y en toda dificultad ha prometido proveer el medio de aliviarnos, así lo dice Pablo en 1 Corintios 10:13, texto que repito muchas veces: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla”. Por otro lado, en Salmo 84:11 se nos promete “Porque sol y escudo es el SEÑOR Dios; gracia y gloria da el SEÑOR; nada bueno niega a los que andan en integridad”.

B. DIOS, EL MEJOR GUÍA.

Ahora la cuestión es ¿qué principios rigen los planes que yo pueda trazar? Muchos ideamos lo que creemos son planes “brillantes” para el futuro, y con cierta desazón, vemos que acaban fracasando, o al menos no sale todo como estaba previsto. La verdad es que algunas cosas quizás se podían haber previsto, simplemente siendo honestos y sinceros con nosotros mismos, sabíamos que esto o lo otro no estaba en completo acuerdo con la voluntad de Dios tal cual la leímos en su Palabra. Otras veces uno piensa, “he hecho todo de forma honesta, conmigo, con los demás y con la Palabra de Dios ¿por qué no ha salido bien?” Deberíamos entonces confiar en Dios.
Dos textos: 1 Samuel 2:9 “Él guarda los pies de sus santos, mas los malvados son acallados en tinieblas, pues no por la fuerza ha de prevalecer el hombre”. Dios guarda nuestro camino si se lo encomendamos, aunque aparentemente no salgan las cosas como habíamos planeado, y si alguien nos ha hecho daño, dejemos a Dios la justicia, “pues no por la fuerza ha de prevalecer el hombre”.
Otro texto muy conocido, Romanos 8:28 “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito”.
Una cita muy conocida por vosotros: “Dios no guía jamás a sus hijos de otro modo que el que ellos mismos escogerían, si pudieran ver el fin desde el principio y discernir la gloria del designio que cumplen como colaboradores con Dios”.1

C. CRISTO, GUÍA DE LOS APÓSTOLES.

Cristo mismo actuó de igual modo con sus discípulos. Cuando los llamó para que le siguieran, no les prometió grandes cosas, ganancias, riquezas, ni nada parecido para esta vida. Tampoco les dijo que serían seres de importancia en esta vida. Por ejemplo, Mateo, cobrador de impuestos, rico, muy rico. Jesús simplemente le dijo: “Sígueme”. Según Lucas 5:28 “Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió”. Mateo obviamente no exigía de Jesús la misma paga que estaba cobrando en la mesa de los impuestos. ¿Vas a ganar menos por seguir a Cristo? ¿Qué es de más valía para ti entonces? Para Mateo era suficiente saber que iba a estar con el Maestro, a escuchar sus palabras y que tendría la oportunidad de participar con Él en su obra.
Lo mismo sucedió con Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Jesús los llamó, según Marcos 1:17―18 “Y Jesús les dijo: Seguidme, y yo haré que seáis pescadores de hombres. Y dejando al instante las redes, le siguieron”. Pedro sabemos que tenía suegra y esposa, luego tenían familia que mantener. Pero aún así, decidieron seguir a Cristo, aun sin saber cómo seguirían adelante con sus familias. En un momento determinado. En otra ocasión, según Lucas 22:35, Jesús les dijo: “Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Y ellos contestaron: No, nada”.

III. DIOS PROVEERÁ.

A. SERVICIO A DIOS, EL MEJOR PLAN.

Al igual que fue provisto para los discípulos, Dios tiene mil maneras de proveernos lo necesario. Si simplemente aceptamos el servicio a Dios como lo más importante en nuestra vida, veremos como las perplejidades que nos preocupaban se irán despejando, y a cada paso encontraremos un camino que se va despejando conforme caminamos. Algunos de nosotros seguro que ya hemos experimentado esto.
La mejor preparación para enfrentar las pruebas de mañana es cumplir fielmente con nuestro deber de hoy. No esperemos poder levantar grandes pesas de 150 Kg. mañana si hoy no empezamos a entrenar con pesas de 10 Kg. Por otro lado, Jesús también nos amonesta de lo contrario, si hoy te toca hacer poco, no pienses en lo mucho que te pueda tocar mañana Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas” (Mateo 6:34).

B. PROMESAS PARA LOS QUE SIRVEN A DIOS.

Si nuestro Señor nos aconseja así, debemos confiar en Él. El desaliento en la causa de Dios es irrazonable, no tiene razón de ser, pues Dios se ha comprometido con nosotros. Dios conoce todas nuestras necesidades, ¿no valemos nosotros más que los pajarillos? Ni aún así, cae uno al suelo sin que Dios lo sepa (Mateo 10:29).
El poder de Dios es absoluto, como dice Isaías 43:13 “Aun antes que hubiera día, Yo Soy, y no hay quien pueda librar de mi mano. Lo que hago, ¿quién lo deshará?” Si además de ver su poder ilimitado, le añadimos que Dios nos cuida como el Buen Pastor cuida su rebaño (Salmo 23), ¿qué tenemos que temer? No hay quien le impida cumplir sus promesas si las aceptamos.
Según 2 Samuel 22:33 “Dios es el que me ciñe de fuerza, Y quien despeja mi camino”. Dios tiene medios para apartar toda dificultad de nuestro camino, si lo considera oportuno y respetamos los medios que él emplea. No olvidemos que Dios nos ama de forma infinita, Jeremías 31:3 nos dice: “Jehová se me manifestó hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por eso, te prolongué mi misericordia”.
Cuando nos venga un día de esos en los que parece que todo el mundo y todas las cosas se pusieron en nuestra contra, tengamos confianza en Dios. Recordemos que no hay nada que le impida hacer su voluntad, y que todo lo que nos viene, es por nuestro bien. Salmo 84:5 leemos: Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos”. Isaías 40:29 nos dice: “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”.

C. CRISTO NOS LLAMA HOY.

Hoy día, tal cual fue en otras épocas, Cristo nos sigue llamando para que colaboremos en Su obra de dar el evangelio a otros. Si nos dejamos guiar por su amor, si queremos hacer su voluntad, la compensación será algo sin importancia. En Filipenses 3:8 Pablo nos dice: “Y aun más: Considero como pérdida todas las cosas, en comparación con lo incomparable que es conocer a Cristo Jesús mi Señor. Por su causa lo he perdido todo y lo tengo por basura, a fin de ganar a Cristo”. Tendremos gozo al poder colaborar con Jesús, si nos entregamos plenamente a Él no tendremos temor. Si hacemos de Dios nuestra fuerza, tendremos claro cuál es nuestro deber a cada paso, el móvil de nuestra vida, el motivo de vivir será un propósito noble, algo que está por encima de toda preocupación. Albert Einstein, enunciador de la teoría de la relatividad, afirmó una vez: “Lo que más me interesan son los pensamientos de Dios, lo demás son detalles”.

CONCLUSIÓN.

Debemos reconocer nuestra incapacidad de hacer planes realmente efectivos sin contar con la colaboración de Dios, y menos si no están de acuerdo a su voluntad. Por otro lado, debemos considerar un privilegio padecer carencias e incluso sufrimientos a causa de hacer Su voluntad, (esto no significa buscar el sufrimiento). Cristo nos dio ejemplo, él mismo aceptó el plan trazado en las profecías mesiánicas. Dios es, por lo tanto, el mejor guía que podamos tener, y Cristo nuestro mejor capitán. Sus planes son los mejores, el servicio a Dios y al prójimo son la mejor tarea a la que nos podemos encomendar. Si hacemos esto, no nos faltarán promesas por parte de Dios que cumplirá para ayudarnos, protegernos y bendecidnos en todo detalle.
Cristo nos llama, te llama hoy para que pongas todos tus planes bajo su gran plan. Acepta como Abraham, a salir de tu casa, tu trabajo, tu ritmo de vida, de tu familia si hiciera falta, para ir al lugar que Dios te muestre, para hacer la obra que Dios te pida. Haz del servicio a Dios lo principal, y el resto, serán detalles complementarios. 

1 Ministerio de Curación Pág. 380.
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Las Diez Promesas X y epílogo: Décima Promesa: Dios promete hacerse cargo de todas tus necesidades. (Décimo mandamiento).

INTRODUCCIÓN:

Todo lo bueno (y lo malo) se acaba. Espero que la percepción que teníais de Dios haya profundizado más a lo largo de esta semana, que Dios haya usado estos temas para darte a conocer mejor aún su voluntad y su deseo de estar contigo, bendecirte y ayudarte. Pero aún no hemos terminado, quedan una promesa más por tratar.
Estoy seguro de que, ahora que sabeos que Dios celebró una boda en el Sinaí públicamente, ante todo el Universo, con 10 maravillosas promesas, votos matrimoniales, os estéis enamorando nuevamente de Él.
Rápidamente, repasemos: La primera promesa es que Dios promete serte fiel y promete que no necesitarás más dioses aparte de él.
En segundo lugar promete estar siempre a tu lado, no te hará falta una fotografía suya porque tendrás el original constantemente a tu lado.
En tercer lugar promete atender siempre tus oraciones, escucharte siempre, de modo que cuando uses su nombre, lo llames, nunca lo harás en vano.
En cuarto lugar, Dios te promete dedicar un día a la semana, el sábado, para tener una fiesta de reunión familiar, disfrutar contigo y que invites a tus vecinos y visitas a estar en la fiesta del sábado.
En quinto lugar Dios te ha prometido ayudarte a ser una persona honrada y honrosa. Si le dejas ayudarte a honrar a tus ancestros, Él se gozará en tener un hijo que es un ejemplo para los demás, por lo que prolongará tus días para que otros vean tu testimonio.
En sexto lugar, el Dios de los ejércitos que todo lo puede, ha prometido defender tu vida, por lo que no tendrás que matar ni agredir a nadie para sobrevivir.
En séptimo lugar, Dios ha prometido defender la familia, la base de la sociedad. Dios prometió que si pones tu familia en sus manos, nunca tendrás la “necesidad” o tentación de ser infiel a tu esposo o esposa, porque tu familia en las manos de Dios será bendecida y colmará todas tus necesidades emocionales.
En octavo lugar, Dios el Creador y Dueño de todo el Universo, ha prometido hacerse cargo de todos tus problemas, incluso los materiales, de modo que no te faltará de nada, y ya no robarás más.
En noveno lugar, Dios, el Juez justo y verdadero, promete salir en tu defensa en toda circunstancia, de modo que cuando hagan un complot contra ti, o te veas en problemas de los que no sepas cómo salir, Él te defenderá, será tu abogado y juez a la vez. No tendrás la necesidad de mentir, no mentirás, ni tendrás necesidad o tentación de levantar falso testimonio contra nadie para obtener ventaja, pues Dios es quien ensalza y reivindica tu honor.
Nos queda la décima promesa, a la que quiero añadir luego unas cuantas promesas más, como “traca” final.

Décima promesa: Atender tus deseos

Décima promesa

Éxodo 20:17 “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.
Desde la quinta promesa estamos viendo un orden intencional en cada una de ellas. Dios promete primero que te ayudará a honrarle a Él y a tus padres en la tierra. Y luego a partir de la sexta, te explica cómo te va a ayudar a hacerlo.
En primer lugar viene el derecho a la vida, el respeto a la vida y la preservación de la misma. Dios promete ayudarte a sobrevivir y también a mantener la vida.
En segundo lugar, Dios promete ayudar a estructurar la vida para que sea sostenible y se desarrolle, la familia, base de la sociedad. Promete ayudarte a estructurar tu vida.
En tercer lugar, promete mantener la vida y la familia, proveyendo lo que necesitas, no tendrás que robar.
Una vez que tenemos vida, estructurada en familia, y con el sostén asegurado, falta asegurar la convivencia entre las familias. Dios promete ayudarte a tener relaciones sociales saludables, no mentirás ni para defenderte de acusaciones injustas, ni para estropear las que ya tienes. Dios promete ayudarte hasta aquí en todo esto.
Pero si os fijáis, todo esto tiene algo en común, es visible, los demás podemos ver si estás vivo, si tienes familia, si robas o eres infiel estás interactuando con terceros, incluso si hay distorsión en la comunicación, “una mentira”, necesitas un interlocutor, otra persona para poder hacer algo.
Pero queda algo más, un rincón que nadie puede ver, del que no precisas interactuar con nadie para poder equivocarte y ser infeliz. Queda tu mente, tu corazón, tus deseos y tu pensamiento, algo que nadie puede ver, oír o leer. ¿Qué sientes? ¿Qué piensas? ¿Qué anhelas? ¿Qué deseas? Hombres: Cuántas veces os habéis preguntado “¿cómo puedo saber lo que piensan las mujeres?” Las mujeres directamente se preguntan: “¿Pero cuándo van a empezar a pensar estos hombres?”
Nadie puede entrar en tu mente y leer tus pensamientos. 1 Corintios 2:11 “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”.
Bueno, casi nadie. Sólo hay uno, Dios. Jeremías 17:10 “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”.
Antes incluso de que puedas llegar a expresar lo que tu mente ha pensado, antes incluso de que puedas ser capaz de explicar lo que sientes y cómo te sientes, Dios ya lo sabe todo: Salmo 139:4 “Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda”.
La felicidad es también algo interior. Y la décima promesa de Dios tiene que ver con tu interior. Los que nos hemos casado, hemos prometido hacer feliz a alguien, pero nunca podríamos prometer lo que Dios SÍ promete al final. Se reserva una última promesa, la décima, que NADIE puede hacer. Sólo Él puede cumplir.
Éxodo 20:17 “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.
Dios te promete, tras todas las promesas anteriores, una existencia tan plena, tan llena de experiencias, emociones y sentimientos positivos, que a partir de ahora no tendrás envidia de las cosas que le ocurran a los demás. Tu vida estará tan llena de significado, que no codiciarás ni la casa del vecino, ni su mujer, ni su coche, ni su moto, ni su televisión, ni su piscina, ni su jardín, ni su iPhone... Nada te llamará la atención más que lo que tienes en tu propia casa.
Cuando miro a los ojos de mi esposa, veo un profundo mar de recuerdos, de emociones, de sentimientos, de experiencias, de comprensión, de amor, que ninguna otra mujer, por “muy hermosa que pueda parecer por fuera” puede llegar a igualar. Y eso es lo que nunca encontraré en ningún otro lugar. No tengo necesidad de codiciar otra mujer.
¿Quién guarda souvenirs o recuerdos de los viajes? Yo procuro llevarme una taza a mi despacho cada vez que hago un viaje, como recuerdo. Si alguna taza se rompe, me da muchísima lástima, no por el valor físico, que no suele ser mucho, sino por todos los recuerdos, emociones y vivencias que me recuerda ver y usar esa taza. Tiene un valor simbólico que supera el valor real o físico.
En pedagogía se enseña que, para distraer la atención de un niño pequeño cuando está jugando con algo peligroso, lo mejor es darle una alternativa que le llame más la atención, de modo que soltará el encendedor o el cuchillo, lo que sea, para poder jugar con algo nuevo que le ofrezcamos. Le podremos retirar el objeto peligroso sin que se enfade y se haga daño. Si intentamos retirar el objeto por la fuerza (y está justificado) el niño no lo querrá soltar y se enfadará, llorará, e incluso querrá forcejear antes de soltarlo pudiendo hacerle daño.
Dios es el mejor pedagogo. Si te prohibe: “No juegues con el encendedor”, está llamando nuestra atención hacia ese objeto sin más. Pero lo que en realidad hace es prometernos algo mucho mejor. Te está diciendo: “Tengo algo preparado para ti, tan grande, tan bonito, tan emocionante, que todo esto que te rodea, te parecerá poca cosa. Si me aceptas como tu Dios, no necesitarás estar fijándote en cómo le va la vida a los demás, qué tienen, con quién se casan, ni nada de eso. Yo tengo algo mucho mejor para ti. Déjame que te lo muestre”.
Nosotros tenemos al Dios más grande del Universo, dueño y señor de toda la creación. Es imposible superarlo. Es imposible que otros tengan algo que nosotros podamos codiciar en estas condiciones. Lo máximo que otros pueden aspirar es a formar parte de nuestra familia celestial.
El Salmo 73 es una sana reflexión sobre esta promesa (v. 1-3; 15-17): “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, Para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, Viendo la prosperidad de los impíos [...] Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí, Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos”.
En Dios, la victoria no es como la entiende el mundo. Una aparente victoria puede ser una derrota (si se consigue por nuestros propios medios, mintiendo, robando, engañando...). Pero una aparente derrota con Dios se convierte en una Victoria. Jesús fue aparentemente derrotado en la cruz del Calvario, y su “derrota” fue nuestra victoria.

Más promesas (epílogo):

Quiero concluir esta maravillosa serie con una batería de promesas “extra”, con un epílogo que muestra y amplía aún más estas 10 promesas que Dios nos ha dado, y que nos revela hasta qué punto Dios se preocupa por ti, mucho más de lo que podrías imaginar.
¿Quién de vosotros ha contado los pasos que habéis dado desde que se ha levantado hasta ahora? Job 31:4: “¿No ve él mis caminos, Y cuenta todos mis pasos?” ¿Alguno de nosotros ha contado los pasos que ha dado desde su casa hasta aquí? ¿Uno por uno? Jesús sí lo ha hecho. ¡Eso dice la Biblia!
Mateo 10:29 – 31: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Así que no temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos”. ¿Alguien ha contado, no ya los pelos que le quedan o tiene, sino siquiera los que se quedaron en el peine o cepillo esta mañana? Jesús sabe exactamente los que me quedan en el poco flequillo que tengo, y cuántos se me han caído al peinarme.
Juan 2:25: “y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.” Jesús conocía mejor que nadie, y sigue conociendo, al ser humano. Según este versículo, cuando se le acercó Judas, sabía que le iba a entregar, ¡ni siquiera el propio Judas sabía que se suicidaría tres años después! Jesús nos conoce mucho mejor que nosotros mismos. Me conoce mejor que yo a mi mismo. Si no, que se lo pregunten (si se pudiese) al apóstol Pedro, que decía que no iba a negar a Jesús, y Jesús se lo anunció porque sabía perfectamente lo que había en él.
Porque padeció como nosotros, porque sabe por experiencia lo que es luchar contra el pecado, porque conoce al detalle cada secreto, cada rincón, cada expresión de tu vida, de mi vida, incluso más y mejor que nosotros, por todo eso y mucho más, Él es el único que puede realmente ayudarnos.
Dice Hebreos 4:16: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. ¿Y cómo nos acercamos al trono de la Gracia? Sólo hay una forma, la oración.
Dice Mateo 21:22: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.”
Juan 14:13: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.”
Juan 16:24: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.”
1 Tesalonicenses 5:17: “Orad sin cesar”.
1 Juan 3:22: “y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.”
Tras leer estas promesas, yo os ruego, no endurezcáis vuestros corazones. No sé que circunstancias concurren hoy en tu vida, no sé por qué valle estás caminando estas horas, estos días, estos meses, pero una cosa sí que se, y estoy muy seguro de ello.
  • Dios conoce cada uno de tus problemas,
  • Dios conoce cada una de tus necesidades
  • Dios conoce cada una de tus ansiedades
  • Dios conoce cada uno de tus pecados, y sabe cómo te atormenta no abandonarlos definitivamente.
  • Dios conoce y ve tu llanto en secreto.
  • Dios está esperando a que le pidas ayuda para dártela, está deseando ayudarte, pero no lo puede hacer sin tu permiso, ¡habla con él hoy mismo! Dile que sí, invítalo a tomar las riendas de tu vida una vez más. Confía en Jesús, acércate a él.
Dice Hebreos 3:14-15 y 4:14 “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. [...] Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.”
Dios no se ha olvidado de ti, y viene muy pronto para buscarnos, a ti y a mí. Jesús vuelve para llevarnos con él al hogar celestial. Cristo está volviendo para llevarte a esa mansión celestial que ha preparado con su propia mano para ti.
Dice Isaías 49:14 – 16: “Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida.” CONCLUSIÓN
Te invito a que ahora acudas a ese Dios que está siempre presto a oírte. Habla con Él y cuéntale en este momento tus más íntimas preocupaciones. Esos problemas que te agobian, esas luchas y discusiones en las que te han metido otros con mentiras, o que tú mismo has creado, y pídele que cumpla su promesa y que te ayude a salir de esos problemas. Pídele que te sostenga, exponle tus necesidades y reclámale sus promesas de sostén y justicia.
Ora con la seguridad de que te escucha. Agradécele por querer ayudarte a ser un buen hijo y no olvides que, aunque no te sientas digno, el primer interesado en ayudarte es Dios mismo. Te invito a orar.
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